Antes, cuando alguien tenía un secreto
y no quería compartirlo
subía a una montaña.
Buscaba un árbol y excavaba un agujero en él.
Susurraba el secreto en el agujero.
Después lo tapaba con barro.
De ese modo, nadie podría descubrirlo nunca. (2046)
Alguna vez enterré un secreto, que no quería compartir.
Escribí noches enteras.
Subí a la montaña busque un arbol y excavé.
A ún lado de aquél agujeró me senté.
Esperé leyendo y gritando al agujero,
de vez en vez un poco de barro eché.
Solo se que ella sabe lo que ahí conté
pues no es de mí si no de ella lo que ahí guardé.
Ahóra cada vez que llueve, aquél árbol se llena de brotes
gritando los recuerdos.
Y escurriendo gotas de lluvia que lloran lo que nunca podré saber.
Aquel que sienta el anhelo de adentrarse en la íntima realidad de Pompeya habrá de pasar solitario esta ardiente hora meridiana entre los restos del pasado y mirar y oír con algo de más sutil que la capacidad de percepción de los ojos y los oídos. Sólo entonces verá despertar de nuevo a los muertos y comenzará a vivir Pompeya ante él». Sigmund Freud, -Gradiva- W. Jensen.
"[...] el loco es aquél cuyo discurso no puede circular como el de los otros: llega a suceder que su palabra es considerada como nula y sin valor [...]” (Michel Foucault / El orden del discurso)
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domingo, 16 de agosto de 2009
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